Por Cristina Rojo para Ballena Blanca

La lluvia no ha dejado de caer en toda la mañana y en el momento en que llegamos a la granja, las carreteras están parcialmente cubiertas por el agua. En la radio, los boletines de noticias hablan de las fuertes inundaciones y la amenaza, por cuarto año consecutivo, de pérdidas para los agricultores por la reducción de la producción de maíz, soja y trigo. Estamos en Newark, Nueva Jersey, una urbe deprimida económicamente cuyo rápido desarrollo industrial a comienzos del siglo XX ha dejado como herencia amplias zonas de naves abandonadas de aspecto austero, ventanas rotas y pintadas en las paredes.

En pleno corazón de una localidad tradicionalmente considerada como desierto alimentario, la pequeña puerta trasera de una de estas naves se abre hacia un entorno esterilizado cuya luz, temperatura y humedad están controladas al segundo por ordenador y donde crecen, felizmente, hasta 20 variedades de plantas comestibles sin tierra, luz natural, ni riego convencional.

Marc Oshima, cofundador de la granja vertical Aerofarms y responsable de marketing y comunicación en la empresa, nos da la bienvenida en vaqueros y camisa blanca. Nos pide que firmemos unos formularios de seguridad y, tras un minucioso proceso de descontaminación del exterior, nos invita a la particular huerta de la empresa. La enorme sala, de iluminación blanquecina y un suave ruido sordo de ventiladores, comprende hileras en las que se apilan hasta 21 niveles de grandísimas bandejas sobre las que crecen verduras a distintas velocidades.

Varias clases de lechuga, berro, col, mostaza o rúcula maduran bajo hileras de lámparas LED. Sustentadas por una fina tela que las mantiene prácticamente flotando en el aire, las raíces reciben vapor de agua en la intensidad que necesitan a cada momento. Las bandejas están monitorizadas continuamente por ordenador, y los científicos e ingenieros que trabajan en la huerta vigilan el desarrollo de cada planta mediante sofisticados programas informáticos que recogen una inmensa cantidad de datos al minuto. El producto final es una cosecha que puede ir directo al plato sin lavarse, porque se ha desarrollado en un ambiente completamente esterilizado.

Se supone que esta fábrica que parece sacada de una peli de ciencia ficción es una especie de matrimonio perfecto entre el big data y la alimentación saludable. Las plantas hijas de este ambiente pulcro, extrañamente mecanizado y de aspecto futurista, aunque sea completamente contemporáneo, alcanzan la textura y madurez ideal en un tiempo récord en comparación al que necesitarían en el exterior, sin vulnerabilidad ante desastres climáticos, ni plagas, y lo que es más, sin que su producción suponga apenas contaminación para el medio ambiente. “Esto es como el edén para las plantas”, dice Oshima mientras pasea con orgullo casi paternal entre las ordenadas filas.

Aerofarms, el ambicioso proyecto de Oshima junto al científico Ed Harwood y el emprendedor David Rosenberg, trabaja desde 2004 delineando la hoja de ruta de un nuevo modelo de agricultura, totalmente controlada. Con inversores como Goldman Sachs y Prudential Financial, y ayudas económicas del estado y la ciudad de Newark que suman 30 millones de dólares, la empresa se precia de vender su producción en supermercados cercanos, lo que mantiene el frescor de sus productos y elimina el coste (económico y ambiental) de transportar alimentos a destinos lejanos. “Tardamos un tercio del tiempo que llevaría a una huerta tradicional producir y podemos cosechar hasta 130 veces más al año usando un 95% menos de agua que una huerta convencional”, explica Oshima.

El equipo de innovación y desarrollo trabaja sin descanso para seguir puliendo la idea de donde surgió Aerofarms. El prototipo es la minihuerta que Ed Hardwood vendió a una escuela en Newark en 2010 y los alumnos utilizan todavía a diario para cultivar las verduras que luego degustan en la cafetería. La clave de su éxito se basa en dos pilares: por un lado, la sustitución de la agricultura hidropónica (que cultiva las plantas en agua en vez de tierra) por aeropónica, que humedece las plantas a través de vapor de agua. El resultado es una agricultura que utiliza 70% menos agua que la hidropónica que, a su vez, necesita un 70% menos que la convencional. Por otra parte, la necesidad de que las bandejas pudieran ser lo suficientemente ligeras para apilarlas y no necesitar demasiado espacio se consiguió sustituyendo la tierra por tela. De hecho, después de probar distintas texturas, el mismo Harwood confeccionó el material en el que se sustentan las semillas reciclando botellas de plástico.

Una vez usada, la tela se lava y vuelta a empezar. La composición exacta, como muchos otros detalles en Aerofarms, es una fórmula secreta. Pregunto a Oshima por la efectividad y el coste de mantener la enorme planta iluminada por lámparas LED sin descanso: ¿Acaso no contamina la necesidad energética de la planta? “En este momento utilizamos turbinas de gas natural, pero nuestro objetivo, en las próximas Aerofarms a construir, es crear nuestra propia energía renovable de manera completamente autosuficiente”, explica sin desvelar el diseño exacto de sus lámparas LED, también clasificado ya que fabrican sus propias bombillas. “Cuando empezamos, nuestro logotipo de marca solía ser ‘La agricultura del futuro’, pero después de años trabajando nos dimos cuenta de que no podíamos seguir usando aquella idea, así que la eliminamos. Aquí estamos investigando, recolectando, saboreando y distribuyendo verduras día a día. Es algo completamente presente”, matiza Oshima mientras nos muestra varios paquetes de ‘dreams greens’ (verduras de ensueño) listos para salir al mercado.

Por supuesto, la imagen idílica proyectada por estos vegetales no es compartida por todos. Para muchos, la idea de una verdura que ha crecido en un entorno completamente controlado y alejado del ecosistema convencional no deja de ser algo artificial, contranatura o demasiado utópico. ¿Esta forma de agricultura es realmente una solución viable para las ciudades?

El modelo de cultivo que utiliza Aerofarms desde 2004 hace realidad el término agricultura vertical, pero no es su único ejemplo. En Estados Unidos, medio centenar de empresas de este tipo se reparten por su territorio (Seattle, Wisconsin, Filadelfia…), si bien en países como Japón, Taiwán o China, la tecnología avanza a pasos agigantados en el sector. En Alemania funcionan establecimientos como Infarm, un concepto aún más completo cuya misión es acoger, en un mismo edificio, una superficie de alimentación en cuya planta baja exista un supermercado, con una vitrina de cristal a través de la que se pueda ver dónde y cómo crecen las plantas, probarlas y escogerlas prácticamente en su momento álgido de maduración, una especie de una huerta urbana ‘al minuto’.

El profesor Dickson Despommier, parasitólogo de especialidad y emérito de la Universidad de Columbia en Nueva York, considera Infarm como lo más cercano a su visión personal de lo que significa la agricultura vertical. Despommier habla sobre este concepto con la emoción de ser testigo hoy de la materialización de una idea a la que él mismo puso nombre hace ya cerca de diez años. En su libro, The Vertical Farm, feeding the world in the 21st century , el doctor se extiende sobre la necesidad de transformar los hábitos de producción alimentaria del planeta para los problemas de hambre por el aumento de la población, a la vez que se frena el cambio climático. Cuando se publicó en 2011 no existía ninguna huerta vertical que pusiera en práctica las ideas que habían surgido a raíz de sus propias clases en la universidad, ejercitando la capacidad de sus alumnos de reflexionar sobre el futuro del planeta, o más concretamente de su ciudad, Nueva York, y cómo solucionar el problema de la falta de espacio, la necesidad de alimentación para una población creciente y la contaminación.

“El problema en el sentido más amplio es hacer que las ciudades sean independientes de su entorno. Hoy en día la urbe es un parásito que consume lo que le ofrece el planeta, pero no devuelve nada a cambio, lo único que deja atrás es contaminación. Si Nueva York pudiera ser autosuficiente y producir sus propios alimentos sin contaminar el ambiente, dejaría de ser una carga“, explica, conectando lo que ocurre en su entorno cercano con los procesos de hiperurbanización global. “Países como India y China ya han demostrado que la agricultura tradicional ha fracasado. Los agricultores, empobrecidos por los sueldos bajos tras enormes cambios en el clima han tenido que abandonar el campo e irse a los entornos urbanos”.

“La agricultura tradicional ha reorganizado la superficie del planeta en favor de los campos de cultivo y a expensas de los ecosistemas naturales, reduciendo la mayoría de áreas naturales a unidades fragmentadas, semifuncionales, y eliminando muchas otras”, dice el profesor en su teoría sobre la agricultura vertical. Como explica, los beneficios de este concepto van más allá de la capacidad de alimentar a una creciente población urbana. Este es un modelo de agricultura controlada que reduce drásticamente la propagación de plagas y evita la contaminación del agua. Además, permite el cultivo continuado, independiente de estaciones y los advenimientos del cambio climático, a la vez que reduce o elimina por completo la necesidad de pesticidas y herbicidas. “Devolver la tierra arada a la naturaleza permitiría que vuelvan a crecer bosques”, apunta Despommier con emoción.

En la actualidad Aerofarms distribuye seis tipos distintos de verduras tamaño ‘baby’: rúcula, berza, mezcla de ensalada picante (incluye hojas de mostaza), pak choi, mezcla para ensalada y berro. Su precio es equivalente al de un paquete de verdura orgánica en un supermercado de rango medio del noroeste de Estados Unidos, 3,99 dólares (3,5 euros), y se puede adquirir en varios establecimientos de la cooperativa de supermercados ShopRite al norte del estado de Nueva Jersey. “Es una cuestión de seguridad alimentaria”, apunta Marc Oshima, hablando de la hora del almuerzo que ya se aproxima, y en la que le encanta incorporar de alguna u otra forma berro fresco. “Nosotros somos solo una parte de la solución para un gran problema. Seguimos necesitando visionarios y mucho trabajo por delante”.

Fuente: eldiario.es